Y estaba muy escondido. No para mi distorsionada vista, sino para mi despistada conciencia que estaba convencida de que no había ningun tesoro delante de la plaza... pero el nombre indicaba que ya debía suponer mi equivocación.
Con un humilde cartel que parecía entremezclarse con otros de temas dispares (mi conciencia aún no ha llegado a eses), anunciaba tímidamente el propósito de que bebierás una pequeña parcela de tu vida en ese "cuchitril" (hablando "aseghun" valoramos los espacios).
Sin embargo, el bar demostraba que no se necesita grandes espacios ni espectaculares televisores para hacernos disfrutar de un tranquilo y cálido instante en nuestras tambaleantes vidas. El trato humano de Manolo y Flora eran más que suficientes. De hecho, era más de lo que se podía pedir.
Siempre dispuestos a hablar y a compartir sus vivencias, tenían un sano sentido del humor que ya animaba a que la gente que entraba mostrara algo de ellos. Eran la fugaz chispita de fuego que contemplas en la fría oscuridad que representan las convencionalidades de esta rueda mecánica en la que estamos todos metidos.
Pero además de sus incansables y (tomándole prestada la palabra a Manoel) épicos dueños, también están los momentos que respiré y compartí con personas o con mis propios pensamientos... demasiados sentimientos acumulados como para que las personas que allí estubimos podamos cargarlas solas. Creo que el bar se quedó con una gran parte de ellos.
Esta mañana tomé mi última copa en el bar. No me importaba si era solo o en companía, simplemente tenía la necesidad de despedirme del bar y de sus dueños desde mi más profundo respeto.
La bebida y las tapas (¡Oh! ¡Nunca me olvidaré del sabor de las patatas y de su tortilla de...!) se fueron esfumando al tiempo que recordaba todo lo que me había ocurrido en este sitio mientras aguantaba la risa al escuchar a un antiguo profesor gritándole a otro "¡¿Cómo que auga?! ¡Un viniño é o que hay que tomar a estas horas!" (sí, es el gran amigo de Martiño... lo que contó esta mañana bien lo certificaba).
Una vez que yá no me podía escusar más a mí mismo para seguir retrasando lo inevitable, decidí hablar por última vez con Manolo y Flora. Contentos pero al mismo tiempo apenados porque este era su último día de trabajo en el bar, se despidieron con ese alegre y modesto tono que demuestran un ámplio cariño hacia las personas.
Que no me dejaran pagar (una vez más) la consumición me dejó realmente desarmado, sin saber qué más agradecerles por haber mantenido el bar lo sufieciente como para que lo pudiera disfrutar.
¡Adiós Bar Mazarelos! Y que os vaya todo bien en la vida Manolo y Flora. Ojalá el destino me deje la oportunidad de poderos volver a ver en el futuro para recordar por qué el Bar Mazarelos hacía agradable salir de la facultad.